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Economía feminista: La promoción de políticas que procuren la equidad de género "tiene impactos positivos para toda la economía"

La Comisión de Género y Diversidad del Centro de Estudiantes de Ciencias Económicas (CECEA), organizó un conversatorio sobre Economía Feminista en el salón 4 de dicha casa de estudios. El panel estuvo conformado por las docentes Verónica Amarante, Alma Espino y Paola Zar.

Paola Azar es licenciada en Economía (UdelaR), cursó las maestrías en Historia Económica (UdelaR), Economía Aplicada (Universidad Autónoma de Barcelona) y el doctorado en Economía Aplicada también en la Universidad Autónoma de Barcelona. Según explicó la docente Azar al Portal del PIT-CNT,  "la economía feminista propone una mirada nueva sobre los procesos económicos: convoca a centrarse en la forma en que cada sociedad resuelve sus problemas de sostenimiento de la vida humana. Desde una perspectiva feminista, la economía se define como la disciplina encargada de estudiar cómo las personas se pueden aprovisionar de lo necesario para desarrollar su calidad de vida, para asegurarse la satisfacción de las necesidades para la vida; las básicas y las más complejas. Estas necesidades no pasan solamente por actividades de mercado o productivas, por aprovisionarse de bienes y servicios. También involucra a aquellas que hacen posible que la vida humana se reproduzca: la atención a los otros, el sostén emocional, el acompañamiento, la alimentación y el cuidado de las condiciones de salud que integra lo que conocemos como 'reproducción social'. Ahora bien, en cada una de las esferas -la productiva y la reproductiva-, las actividades económicas son el resultado de las acciones de personas que tienen identidades, roles y comportamientos diferenciados debido a su edad, grupo socioeconómico, cultura, intereses políticos, etnia.  Sobre estas condiciones, la mayor diferencia depende del género de las personas: esto define una primera condición de reparto económico desigual. Las diferencias de poder entre hombres y mujeres están en el centro del enfoque feminista de la economía. El desafío de esta perspectiva de análisis reside en identificar esas diferencias, que condicionan el acceso diferencial de unos y otras a los recursos y las oportunidades y determinan que obtengan resultados económicos diferentes; describir las estructuras y restricciones que originan esas diferencias y permiten su persistencia y promover herramientas y estrategias que conduzcan a eliminarlas". 

 ¿Qué impacto y qué consecuencias tendría la aplicación de una economía feminista en nuestra sociedad?

En primer lugar, promover políticas que procuren la equidad de género tienen impactos positivos para toda la economía. Más allá del imperativo ético de la equidad, los beneficios de la equidad de género también podrían pensarse, por ejemplo, en términos del aumento de la productividad. Podemos señalar como impactos el hecho de que la eliminación de los procesos de discriminación y segregación en el mercado de trabajo conduciría a que las personas -varones y mujeres- pudieran aprovechar al máximo sus capacidades sin estar condicionadas por barreras culturales y estereotipos que implicaran una desvalorización de su trabajo, la concentración –forzada- en ciertas actividades que se entienden más 'afines' a su sexo o acceder a una paga diferente por empleos de similar nivel de calificación. Además, si a medida que aumenta la participación laboral femenina, el sistema de cuidados remunerado funcionara adecuadamente, los varones se comprometieran a una distribución equitativa del trabajo no remunerado y se preservaran los tiempos de cuidado realizados por varones y mujeres, se fortalecería la producción de 'capacidades humanas' en los hogares. En esta perspectiva, los hogares son el nodo central de transmisión de valores, afecto y normas de comportamiento que forman nuestras 'capacidades humanas'. Esto tendría un doble efecto positivo sobre la productividad porque eliminaría la sobre carga de trabajo de las mujeres que realizan jornadas laborales remuneradas y además se encargan del trabajo no remunerado; además, al fortalecer el sentido de comunidad, la confianza en sí mismas, la creatividad, los cuidados mejorarían la cohesión social y las posibilidades de inserción laboral de las personas y su desarrollo personal: esto también tiene impactos positivos en su productividad. En la actualidad, se incentiva cada vez más a las mujeres a realizar actividades productivas, pero casi no se conocen estímulos para promover que los varones asuman responsabilidades en la esfera reproductiva y para que ambos valoren el trabajo en esa esfera. Surge, entonces, una enorme contradicción entre la organización del trabajo remunerado, el acceso generalizado al empleo de las mujeres y la ruptura del modelo de cuidados basado en el trabajo femenino.

¿Se necesita un cambio cultural para comprender, por ejemplo, cómo transformar la lógica del trabajo no remunerado en las casas?

El cambio cultural que promueve la agenda de la economía feminista no sólo involucra al trabajo no remunerado en los hogares: implica considerar los cuidados como compromiso colectivo (de toda la sociedad), dejar de asumir que hay actividades (en la esfera de mercado o de fuera de ella) que se asocian a “lo propio” de los varones o “lo propio” de las mujeres; visibilizar y transformar las reglas y condiciones que determinan oportunidades y resultados diferentes por género, más allá de las capacidades de las personas. En este sentido, es cierto que en la segunda década de los dos mil, las sociedades de occidente han protagonizado una creciente movilización de las mujeres y del movimiento feminista. La presencia de los temas de género en la agenda pública fue adquiriendo impulso y visibilidad a gran escala. Los movimientos contra la violencia de género como “Ni Una Menos” o a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, se extendieron en todo el mundo occidental. Temas económicos, como las desigualdades en los ámbitos laborales, en el acceso al poder y a las oportunidades o en la división del trabajo no remunerado, comenzaron a discutirse en forma abierta y convocaron movilizaciones masivas, como las que tienen lugar cada 8 de marzo desde al menos hace cinco años. Sin embargo, en Uruguay (y en muchos otros países) tras muchos años de avances hacia la igualdad de derechos, deberes y oportunidades de mujeres y varones, es frecuente escuchar argumentos que cuestionan la lucha feminista. En el país, desde el sistema político, el debate parlamentario y la producción de leyes, y desde los medios de comunicación y las redes sociales se emiten mensajes de rebeldía frente a “la dictadura de lo políticamente correcto” con que se identifica la causa de la equidad y la lucha de las mujeres. Por eso, es un error confiar que, una vez que los cambios hacia la equidad de género se aceleran, la tendencia ya no es reversible. La visibilidad de la agenda de género produce la reacción de quienes se benefician del statu quo. Estas fuerzas imponen frenos o, incluso, procuran revertir lo avanzado. Como queda de manifiesto en muchos debates parlamentarios, expresiones en redes sociales e incluso aprobación de leyes como la de tenencia compartida, estas tendencias de freno podrían instalarse, incluso aunque se manifiesten contra la injusticia que implican las brechas de género en las remuneraciones o en la inserción de varones y mujeres en distintos campos de la actividad laboral o científica. Lo relevante de estas tendencias -y la idea que surge como alerta- es que cuestionan aspectos muy caros al movimiento feminista, como la necesidad de transformar los roles de género en las familias y comunidades, de asumir los cuidados como responsabilidad individual y social -más allá del sexo de las personas- y de cambiar las relaciones de poder. Este es el cambio cultural que debemos defender.