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La brigadista que ríe

Sonia ríe cada dos palabras. A veces se pone seria, cuando habla de cosas que le preocupan como por ejemplo, qué país le vamos a dejar a las nuevas generaciones. Pero otra vez, casi sin parpadear, vuelve a reír.

Sonia Turchich es educadora en el INAU y brigadista en el PIT-CNT.

“Estoy bárbara, bien de bien. Aparte que se me cayó el pelo, estoy bárbara, divina (risas)”. Rodeada, protegida. Ella dice que su familia, la mutualista y los compañeros y compañeras son quienes las cuidan.

La banalización de muerte -en ciertas ocasiones- puede ser un buen argumento para afrontar un tratamiento contra el cáncer sin perder la sonrisa. Sonia tuvo comprometidos veinticuatro de veinticinco ganglios y batalló contra el cáncer.

“Hago la guardia de la casa del PIT-CNT porque además de contribuir de alguna manera con  los demás es una actividad que me distrae”. Formalmente está con licencia médica por su tratamiento, por lo que su tarea es ciertamente de compañera que va a decir presente y dar una mano solidaria con lo que se necesite. Es como una brigadista de la sonrisa.

Sonia tiene muchos sueños. Uno de ellos es conocer Croacia, la tierra de sus ancestros.

“Ahora estoy estudiando joyería en la Escuela Pedro Figari de la UTU porque siempre me gustó lo artístico y nunca lo había podido hacer”. Ahora los tiempos son otros y Sonia también tiene decidido terminar bachillerato. “Yo dejé 4to de liceo en el año 1978”. En las idas y vueltas de la vida, estudió peluquería, fue a la UTU, administración, “siempre estudiando algo”.    

La posibilidad de volver a clase a estudiar lo ve como “una nueva oportunidad”.

Sonia dice que lo que aprende en las clases de joyería también le sirve para su trabajo como tallerista del INAU. “Y si quiero presentarme a algún concurso tengo que tener el bachillerato terminado porque es una nueva exigencia y por supuesto que me parece fenómeno que sea así”. Por estos días, cuando sale del PIT-CNT y va a la Escuela Pedro Figari, se familiariza con los metales, oro, plata, “cortar, calar, pulir” materiales, “pero también nos enseñan elementos de diseño, dibujo y otras herramientas para que uno mismo diseñe y elabore sus propias joyas”. Por las dudas Sonia aclara entre carcajadas que “con las joyas nunca tuve nada que ver, ni ahí te imaginarás, pero me encantan, y también me gusta la restauración en madera”.

Los medicamentos que tiene que tomar se los proporciona el Fondo Nacional de Recursos y también la invitó a participar de un taller multidisciplinario con psicólogos, asistentes sociales y otros profesionales, que colaboran para comprender los beneficios de una mejor alimentación y evitar así la obesidad, factor clave en el desarrollo de una enfermedad como la que tuvo.

A Sonia le hubiera encantado ser murguista. “Pero no puedo cantar porque soy muy mala cantando, ni tampoco bailar (risas)”. De todos modos, buscó y encontró la forma de estudiar teatro, también en la UTU. “Así que este año es muy artístico en mi vida, además de la militancia de todos los días”.   

Su trabajo como educadora del INAU le fascina. “Adoro hacer lo que hago, el vínculo con los chiquilines, cuidándolos, enseñarles las reglas de higiene, alimentación, me encanta, pero ahora no puedo hacerlo”. Uno de sus brazos quedó con menor movilidad por ahora, “y se corren riesgos siendo educadora”.

Sonia integraba el Programa de Inserción Social y Comunitaria “que lamentablemente ahora ha sido desmantelado”. La posibilidad que adolescentes que habían estado en conflicto con la ley, incorporaran hábitos de trabajo para su inserción en la comunidad “era algo maravilloso”. Conjuntamente con el PIT-CNT se logró que cientos de adolescentes ingresaran a fábricas y talleres a trabajar. “Lamentablemente eso se cortó porque la nueva dirección tiene otras ideas, pero era un trabajo bárbaro el que hacíamos, los resultados se pudieron ver”.

Ella está convencida que todos los cambios de la sociedad “pasan por los gurises y por la educación”. Para ella, en buena medida los gurises que son estigmatizados “por ser del INAU” necesitan otros vínculos de contención. “Ellos no tuvieron las posibilidades que tuvimos nosotros, de tener una familia que los contenga, que les brinde cariño, que les enseñe reglas básicas de higiene, a ellos no les enseñaron que tienen que lavarse los dientes, por eso no se los lavan. Ni las manos para comer. Son cosas básicas que parecen bobadas pero son importantes para cualquiera. No les enseñaron a pedir por favor o a agradecer. Y me consta que hay gente que no comparte esto que digo pero yo creo que hay que agradecer y predicar con el ejemplo. Si nosotros como trabajadores les enseñamos a los chiquilines que hay valores de respeto, de no corromperse por dinero, que ser trabajador dignifica, seguro ellos lo aprenden. Porque ellos son como esponjitas que absorben todo lo que les enseñamos”.

Para Sonia, uno de los días más felices de su vida laboral fue cuando uno de los adolescentes del INAU le dijo “ya no soy más un pibe chorro, soy metalúrgico”.

Y así, casi sin darse cuenta, Sonia se rió de nuevo, como casi todo el tiempo, entre tantos recuerdos lindos y tantas ganas de contar la belleza de vida que hay por todas partes, allí donde ella anda.