El escritor uruguayo Mario Delgado Aparaín trazó una profunda lectura histórica y política sobre Cuba como símbolo latinoamericano de “resistencia frente a la explotación y la dominación”. Desde la esclavitud y el latifundio hasta la mafia y la dictadura de Fulgencio Batista, reivindicó la Revolución como “apuesta utópica por la justicia social” y llamó a las nuevas generaciones a “sostener valores como la solidaridad y la educación para construir un mundo mejor”.
Delgado Aparaín -autor de La balada de Johnny Sosa o No robarás las botas de los muertos, entre tantas otras obras- reflexionó sobre cómo explicarles a las nuevas generaciones lo que significó la Revolución Cubana para el mundo y especialmente para América Latina, y planteó su preocupación por un presente geopolítico marcado por la “asfixia, el bloqueo y el aislamiento” de la isla.
Analizó el papel que deberían asumir países como Brasil, México y particularmente Uruguay, así como la responsabilidad histórica de la Cancillería ante los nuevos embates de los Estados Unidos.
Finalmente, dejó abiertas interrogantes sobre el mundo que se está construyendo para las nuevas generaciones y sobre la vigencia -o no- de la utopía como horizonte transformador.
“Para nosotros los uruguayos, como el resto de los países latinoamericanos, Cuba es el gran y único punto de referencia para entender la maldad de la explotación, de la dominación y de la humillación. Cuba tiene una larga historia del dolor y del sufrimiento y de la explotación. Alcanza con pensar que durante la dominación española los traficantes de esclavos españoles, portugueses e ingleses trasladaron del África unos cuatro millones de esclavos de entrada”, expresó al Portal del PIT-CNT el multipremiado escritor uruguayo Mario Delgado Aparaín, nacido en La Macana, Florida, y autor de decenas de novelas y cuentos.
Toda esa población africana “desarraigada que se integraba al territorio cubano fue explotada en los cañaverales de azúcar para nutrir los pueblos de Portugal, España e Inglaterra”. Agregó que el primer gran desafío de la época contemporánea, de la época moderna de Cuba, fue “desprenderse de la dominación española”. Resaltó que allí hubo genios como José Martí, quien, además, fue cónsul en el Uruguay, y que dieron las primeras pautas para crear una nación independiente”.
No obstante, el legado de la población esclavizada siguió generando en la sociedad cubana una relación de dependencia. “La tremenda producción azucarera en las primeras décadas del novecientos aprovisionaba a la población norteamericana, canadiense y británica. Eso supuso el enriquecimiento, un enriquecimiento descabellado, sobre todo de los latifundistas, de los que se empezaron a apropiar de la tierra sin los registros legales y morales, porque el campesinado cubano fue despojado de la mañana a la noche de sus pequeñas explotaciones donde desarrollaban la producción familiar, donde ordeñaban dos o tres vacas”.
En tal sentido, el escritor añadió que “todo eso fue despojado para extender un territorio que nada se diferenciaba de los grandes latifundios de California, de Texas o de Nebraska”. Esa gente que se enriqueció eran potentados, emergidos de la revolución industrial en Chicago, en Minnesota, en Nueva York.
Dijo que ahí “lo peor de lo peor” en lo que tiene que ver con representantes de las altas clases sociales, en particular la mafia -la mafia de Chicago, la mafia de Nueva Orleans, la mafia de Miami- “se trasladaron a Cuba con todos sus capitales para establecer allí uno de los prostíbulos más grandes del mundo, ni que hablar de América”.
Solo de California, en un año llevaron alrededor de “seis mil chicas para la prostitución y sus servicios sexuales y costaban entre dos y tres mil dólares para los potentados que frecuentaban los grandes hoteles de La Habana, de Santiago de Cuba, de Varadero. Y todo bajo la protección de un dictador siniestro como fue Fulgencio Batista y su policía”. Delgado Aparaín recordó que a Batista “le gustaba llamar la policía popular”.
Fulgencio Batista “se enriqueció justamente a través de un diezmo a los ricos de su propia clase. Hasta que un grupo de estudiantes que empezaron a tomar conciencia de la aberrante explotación de los trabajadores y de las mujeres empezaron a resistir y a organizar una resistencia que terminó echando a Batista, que aprovechó para irse llenando un avión con millones de dólares en efectivo y dejando a Cuba en un estado de despojo y de subalimentación y de subeducación lastimoso”.
La resistencia
En ese sentido, remarcó que fue en ese momento que apareció una resistencia liderada por Fidel Castro y “sus muchachos”, que no eran otros que el “Che” Guevara, Camilo Cienfuegos, Haydée Santamaría y centenares más, que “resistieron desde Sierra Maestra a los embates de los llamados gusanos, que eran aquellos que fueron expulsados propietarios de los grandes hoteles, de los casinos, y se radicaron en Miami, desde donde empezaron a pergeñar una contrarrevolución que creían que iban a barrer del mapa a los revolucionarios cubanos y volver a instalarse con una explotación y un modo de enriquecimiento más perfeccionado, más moderno”.
Pero después, cuando empezaron a pensar en un régimen más justo, más solidario, más equitativo -que tenía un nombre: el “socialismo”-, los representantes políticos de todos esos poderosos inescrupulosos, que tenían a Cuba como la gran “perla perdida”, contaron con apoyo de congresales en el Congreso de los Estados Unidos y hasta de presidentes.
“Cuando Cuba empezó a pergeñar un sistema socialista, al gobierno norteamericano no le gustó. Y John F. Kennedy fue el primero que decidió considerar los consejos de aquellos que querían volver a Cuba por las buenas o por las malas y optaron por las malas”, relató Delgado Aparaín.
Y así se gestaron tres intentos de invasión a Cuba, en Bahía del Cochino, en Playa Girón. Y sin embargo, el pueblo cubano, los revolucionarios cubanos, “no solamente resistieron el embate, sino que los echaron, los echaron al diablo”.
En esos días se vivía una atmósfera planetaria signada por lo que se llamó la Guerra Fría, en donde “dos energúmenos apostados frente a un botón rojo, uno en Washington y el otro en Moscú, sembraron el miedo en la población juvenil, sobre todo”.
Añadió que esa población juvenil también empezó a rebelarse y eso comenzó en el Mayo Francés y en la resistencia norteamericana del pueblo negro contra el racismo y la segregación racial. “Y esa revolución iniciada en los Estados Unidos con Martin Luther King Jr. a la cabeza empezó a interpretar un mundo nuevo, pero siniestro. Porque la Guerra Fría amenazaba con una guerra mundial y lo más terrible de lo que significaba la probabilidad de una guerra mundial fue que el uso de la bomba atómica no hizo más que confirmar que por primera vez en la historia de la humanidad el hombre estaba en condiciones de autodestruirse, no parcialmente, sino totalmente”.
Por lo tanto, el famoso Apocalipsis, la idea del fin del mundo, “ya no estaba condicionada por el apagamiento del sol. No, podía ocurrir a la mañana siguiente y la eternidad se terminaba. Ya no existía lugar para los dioses ni para las religiones ni nada de eso. Y ahí fue que nació como filosofía de vida el existencialismo”.
Por tal motivo, el escritor considera que estos temas son dignos de ser volcados sobre una mesa juvenil para explicar lo que significaban para los jóvenes de aquella época. Es decir, aquellas generaciones creían en una utopía. “La utopía no es otra cosa que el sueño de un mundo mejor en donde esa utopía contempla una revolución”.
Y ante la pregunta ¿qué es una revolución?, dijo que no es otra cosa que “poner arriba lo que estaba abajo y abajo lo que estaba arriba”. De esa manera puede entenderse cuáles son las características, los factores que hacen que este mundo, como decía Roberto Fontanarrosa, haya vivido equivocado”.
Tal vez más terrible que vivir en un mundo equivocado es morir en un mundo equivocado, dijo. Porque ahí ya no habría extensión generacional ni legado de valores como el sentido de la justicia, el sentido de la verdad, el sentido de la solidaridad. No habría lugar para eso. “Es decir, jamás dejaremos de considerar la permanencia de una utopía. ¡Nunca. Nunca!”.
“Y yo creo que en la medida que los jóvenes sean conscientes de la necesidad de cultivar esos valores, las naciones más inteligentes, más proclives a la evolución de la condición humana -y de pronto estamos hablando de Brasil, México y, como decimos especialmente, Uruguay- tenemos que considerar que el todo tiene que estar incluyendo a todas las naciones nuestras de América Latina, en particular a Brasil, México, Uruguay, Ecuador, Chile”.
Delgado Aparaín prefirió no emitir opinión acerca de si la Cancillería está a la altura de la historia. “Porque para que la Cancillería esté a la altura de la historia es un tema, un tópico que está condicionado a la sabiduría o no de la población que representa”.
Por tanto, “si nosotros queremos elevar la condición humana a niveles convivibles, tenemos que privilegiar, modificar, perfeccionar, modernizar el sistema educativo”.
“Creo que los jóvenes tienen la obligación moral de ir pensando en cómo encaminarnos a una utopía a través de un camino que necesariamente se hace al andar, como decía Antonio Machado; lo tenemos que hacer, como nunca, con un sentido común que hasta ahora es muy precario”, puntualizó.