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Papá, cuéntame otra vez

Patricia madruga. Casi todos los días de su vida ha madrugado y ha llegado antes de tiempo a muchos lugares de la vida. Actualmente vive en La Teja y para llegar a su trabajo en las Piedras Blancas, tiene que tomar dos ómnibus, por lo que sus jornadas laborales se extienden bastante más que su horario establecido para su cargo en el Centro de Ingreso de Adolescentes Mayores (CIAM) del INISA. 

Ella es madre de Nicolás (22) y Sofía (12), es educadora y tiene responsabilidad de coordinación en el CIAM que funciona en Belloni casi Aparicio Saravia (antiguo centro de privación de libertad de adolescentes conocido como el “Batallón”). Según un informe del SERPAJ realizado en 2021, el centro en el que trabaja Patricia, presenta graves problemas de infraestructura que se pueden observar en el estado de los módulos y las celdas. El principal problema es el deterioro edilicio que se debe a las reiteradas inundaciones de los Módulos, producida por la filtración de agua por techos, paredes y ventanas, lo que genera el ingreso del agua de los desagües del resto del centro hacia la zona de Módulos.

Allí trabaja Patricia Rosado, realizando su tarea de coordinación y atención a adolescentes en conflicto con la ley penal. “No es fácil, no es una tarea sencilla”, explica. Para ello hay que tener capacidad de escucha, lograr cierta confianza, y de a poco, ir logrando que el vínculo con los adolescentes se vaya fortaleciendo. Sin ello, no habrá confianza posible. Esa sensibilidad por trabajar en ámbitos donde tal vez no todos quieren estar, no se adquiere con la mera preparación para ingresar a un trabajo. En el caso de Patricia, ya había trabajado como auxiliar de servicio en el Centro Hospitalario Pereira Rossell y tuvo familiares que con anterioridad trabajaron en el INAU y le fueron transmitiendo su propia experiencia. Actualmente, hay días que Patricia ingresa a su trabajo cuando aún es de noche y se vuelve a casa también con la noche bajo la oscuridad de la noche siguiente. “A veces nos toca trabajar unas 12 horas, pero eso no sucede siempre”.

Los adolescentes que están allí, en conflicto con la ley penal, han cometido delitos de distinta gravedad.

“Yo estoy muy agradecida de poder trabajar allí. Mi vida no ha sido fácil, y estoy muy feliz de poder hacer algo por los demás. Poder escuchar a esos adolescentes y saber que algunos luego pudieron encaminar en cierta forma sus vidas eso es muy conmovedor. Eso te gratifica. Vos dejás un granito de arena y no te quedás de brazos cruzados”. 

Según Patricia, hay muchas formas de estigmatizar y casi descartar a los jóvenes privados de libertad como si fueran objetos de desecho. “Que se pudran” o consideraciones del estilo, son frases que se repiten hasta el cansancio en redes y comentarios más o menos anónimos, sin detenerse a pensar lo que ello significa. Esos prejuicios también son parte de la carga cotidiana de quienes trabajan en el INISA.

"Para quienes trabajamos acá, es fundamental que podamos entender primero que nada, que las personas en general, y estos adolescentes en particular vienen con sus historias detrás, que no llegaron a hacer lo que hicieron porque sí, porque se les ocurrió, sino que en buena medida, vienen condicionados por un entorno de exclusión, de abandono, mucha miseria, y de familias con vínculos complejos, dañados. Por eso, antes que juzgar, se debe tratar de comprender el fenómeno global: de dónde vienen, qué herramientas tuvieron y recién ahí, se puede comenzar a tratar de entender su presente".

Eduardo, el papá de Patricia

Recientemente, Patricia pudo reencontrarse con su papá. Aunque eso no fue fácil. Pasaron años. Golpes, ausencias, ternura que a veces llegó a tiempo, aunque no siempre. Pero el reencuentro -aún tardío- pudo sanar heridas y trajo paz a una de tantas familias rotas, que esperaron muchos años para una despedida. Patricia la tuvo. Aunque más no fuera acariciando una especie de urna con las cenizas de su papá, Jorge Eduardo Rosado Galarza, que ella misma trajo desde Centroamérica. Quedan un puñado de cartas, algunas viejas postales y algunos escasos recuerdos de cuentos de infancia de los que los papás y las mamás cuentan a sus hijos e hijas antes de ir a dormir; los abrazos que faltaron, los cumpleaños felices que no fueron, las convicciones de creer que vale la pena luchar por los demás, aunque eso implique alejarse un día en silencio y para siempre.

Eduardo fue militante del Sindicato de Trabajadores de la Industria Química (STIQ) y dejó su huella militante, en algunos textos escritos, como los que le dejó a su hija Patricia, ya en los años del exilio. "Aguanta que se vienen tiempos felices. Ayudame aguantando. Solo venciendo, solo luchando, sufriendo, sin dejar de luchar, podremos conocer la verdadera felicidad. No estás sola, están contigo los que luchan en Uruguay, Chile, El Salvador, Guatemala. Todos los que luchan en el mundo, están contigo. Son pueblos, hombres, mujeres, niños, que están junto a ti, te acompañan, saben que luchas, que sufrís. Todos los que luchan, todos los oprimidos, los que han muerto, los que están en las cárceles, en el exilio, quieren verte sonreír, que no estés triste. Por nuestra Patria grande, prometo que iré más allá de mis pies, de mis fuerzas, iré más allá de donde alcancen mis ojos, donde estén, estaré".      

El texto de esta carta amorosa de un padre a su hija, fue leído por Patricia en el homenaje que el STIQ le realizó a Eduardo, el pasado viernes 7 de julio, en el Museo de la Memoria.

Eduardo, perseguido por fuerzas militares, tuvo que salir de Uruguay con lo puesto, rumbo a la Argentina primero, luego a Francia y finalmente a Cuba. Fue un militante de la CNT en el exterior, y se abrazó a causas de lucha de pueblos latinoamericanos. Si bien conoció a su pareja en el exilio y de ese matrimonio nació Patricia, cuando la Cruz Roja pudo traer de nuevo a casa a su familia, él optó por quedarse en Cuba, para pelear por la libertad de El Salvador. Ya en Uruguay, Patricia, con 10 años, se enteró por una familia chilena que Eduardo había fallecido combatiendo en El Salvador.

"Después de muchos años de no entender mucho, de tener mil preguntas sin respuestas y de haber dejado nuestro ADN en el registro internacional que hay en Argentina por si en algún momento lo encontraban, fue que en 2022 me llamó la jueza Mariana Motta y me dijo que tenía novedades de mi papá y me explicó que podrían haber encontrado sus restos. Y así fue que hicieron la exhumación y se pudo comprobar que era mi papá". Con al apoyo solidario del STIQ y de su sindicato, el SUINAU, Patricia pudo viajar a El Salvador a buscar las cenizas de su papá y traerlas al Uruguay, como para ir cerrando todo un largo y doloroso proceso familiar.

Ella concurrió al homenaje a su papá en el Museo de la Memoria acompañada por su hija, Sofía, para que ella también pudiera despedir a su abuelo, en un homenaje en el que estaban los compañeros de otras épocas, más viejos y más cansados, junto a los nuevos militantes, un puñado de familiares y amigos absolutamente conmovidos.  

Patricia se emocionó mucho y lloró desde el alma cuando comprendió y sintió en el fondo de su corazón que ahora sí, su papá podrá finalmente descansar en paz.