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La sonrisa de Andrés
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Andrés Fredes

No solemos andar por la vida pensando en los finales abruptos ni en lejanías eternas. Acaso por ello, hay días que el dolor llega despavorido como tratando de alertar sobre lo trágico de vivir sin detenernos a disfrutar de las pequeñas cosas que nos rodean. Anoche nos fuimos enterando de la muerte de nuestro querido compañero de trabajo, Andrés Fredes.

Andrés no era de andar haciendo ruido en primera persona, ni de risotadas exageradas, ni de abrazos estridentes. Fue el compañero amable, querible, ordenado, cariñoso, obsesivamente preocupado por la salud ajena, por los malestares de otros, atento a los quebrantos de quienes lo rodeamos. Cuidó a sus amistades, cuidó a su familia, nos cuidó también a nosotros en la central, siempre de manera natural, sin la necesidad de hacer de ello una causa pública.

Andrés encontró la forma de ordenar puntillosamente tiempo y espacio, con rutinas ínfimas, amorosas, de galletas malteadas, preguntas familiares, facturas y balances, todo acompañado por pinceladas de fino humor irónico característico de quienes transitan la vida cuidando la sutileza de las palabras. 

Andrés se fue y nos dejó en silencio y quedamos un poco más solos, entre penumbras y espacios deshabitados, como queriendo despertar de una pesadilla incierta, dolorosa, infame que con el paso de las horas se empecina en dejarnos a la deriva de su ausencia.   

Ahora estamos a media alma, un poco más rotos y solos.

Gracias por todo lo que hiciste por los demás y por nosotros, tus compañeras y compañeros de la central, los que no te vamos a olvidar. 

Ahora te toca descansar en paz.