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Gaby y las marcas de la vida

Gaby es una mujer adorable. Nació en Bella Unión, lejísimo de casi toda su vida. Allá atrás y lejos, había una vez una casa y una familia. Todo eso se rompió demasiado rápido y de manera incomprensible, para una niña que de pronto se encontró viajando a Montevideo con su hermano Miguel y su papá, Wilson, dejando atrás tantas cosas.

No fue fácil crecer sin mamá, con un papá que hizo lo que pudo para criar a dos hijos a la intemperie. Todo es incomprensible cuando nada es como debería ser. Las calles y el invierno son duros cuando el frío lo invade todo. En las calles no deberían dormir niñas, no deberían dormir niños, no debería dormir nadie en las calles.

Gaby y su hermano se las arreglaron como pudieron para acurrucarse en la ropa de su papá y pasar las noches por ahí, en una ciudad que por entonces y para ellos era rara, gris oscura, inhóspita.

Así fue difícil crecer y estudiar y desarrollar proyectos. Así fue difícil casi todo, excepto quererse. Ellos tres, Gaby, su hermano y su papá, se quisieron a pesar de todo. Incluso cuando no había nada para comer, se quisieron igual.

Acaso por eso y por unas cuántas cosas más, sobrevivieron a la tristeza. Los cuentos y las historias llenas de colores y personajes y escondites que les contaba su papá, quedaron grabadas en la memoria para siempre. Cuando su hermano falleció joven, con tan solo 27 años y su salud deteriorada por la vida y al poco tiempo, también su papá, Gaby pensó que nunca más iba a poder reír. Sin embargo pudo seguir. Y unas paredes delgadas y frágiles de una esquina de la Gruta de Lourdes fueron refugio y construcción de hogar. Así Gaby formó una familia, tuvo cuatro hijos y dos nietos.

Se las arregló para trabajar y salir adelante. Comenzó limpiando casas y oficinas para una empresa y al poco tiempo la contrataron en el PIT-CNT. Ella dice que fue un día inolvidable hace27 años atrás. Que le cambió la vida. Que la salvó. “No tenía idea que yo tenía derechos, que era algo que no me estaban regalando sino que eran mis derechos. No lo podía creer. Pero me lo explicaron y eso me cambió la vida. Acá viví todo, acá crié a mis hijos mientras yo limpiaba, fueron mis compañeras y compañeros que me ayudaron a cuidar a mis hijos mientras yo trabajaba, mi trabajo era al mismo tiempo como una guardería. Y después, mucha gente me habló, me dio ánimo siempre cuando estuve mal, cuando sentí que no quería vivir más, siempre me acompañaron”.

Gaby no ha tenido una vida fácil. Las pérdidas que ha sufrido dolieron mucho siempre, pero jamás imaginó que la desgracia iba a ensañarse con ella. Un día espantoso de marzo, tres años atrás, recibió la peor noticia de su vida. El horror se ensañó con una mujer adorable, que en algún momento fue niña y ahora casi sin darse cuenta, la vida se estrellaba contra su alma. Ahí sí ella pensó que se terminaba todo. Que no iba a poder seguir adelante, después de tener que velar y sepultar a su hijo niño grande Alexander.

Fue con charlas y abrazos y palabras de amor que logró levantarse otra vez, para seguir viviendo.

“Fue muy dura mi vida pero entrar acá fue un antes y un después. Para mi venir a trabajar se transformó en un escape, y pienso que esta es mi segunda casa”. Tan así es eso que menciona, que en uno de sus brazos se tatuó la trenza del movimiento sindical y en una de las paredes de su casa de la Gruta de Lourdes, colgó una bandera gigante del PIT-CNT. “Es que yo creo que el PIT-CNT me rescató, me salvó”.

Gaby es una mujer adorable. Y trata de mirar hacia adelante y pensar en las y los demás.

El próximo 8 de marzo va a parar y marchar junto a sus compañeras del PIT-CNT. “El 8 voy a marchar porque hay muchas mujeres que la están pasando mal y necesitan que estemos todas”.

Y ella sabe que en ocasiones, una palabra, un abrazo, una mirada o una consigna, pueden salvar una vida.