Su estampa se vuelve canción

Viernes, 19 Febrero 2021 19:12
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Su estampa se vuelve canción Fotos: Carlos Lebrato

Sus manos arrugadas, aún marcan en el aire, con precisión y carácter, las entradas de las voces de un coro de murga en alguna despedida de tantas. Mientras entona una clarinada, sus ojos brillan como fogonazos en la oscuridad. Canta como el eterno murguista en sus noches mágicas de febrero. Mientras repasa su vida, por momentos sus ojos se nublan y entrecierran y el alma duele como duele el corazón cuando recuerda a los que ya no están.

Alberto Martí Molina Fernández, nació por primera vez hace 81 años en el barrio Peñarol pero se crió en La Espada. Después volvió a nacer en 2016 cuando su corazón se cansó de batallar y parecía que había llegado la hora de la despedida final. La familia pidió para que ese viaje final fuera rodeado de sus seres queridos en su casa y no entre tubos y máquinas de un hospital. Y así fue. "Se terminaba todo, me apagaba, era el final, pero hubo un milagro, no creo en Dios, pero algo sucedió como una especie de milagro y seguí con vida y acá estoy, celebrando la vida, redoblando mis convicciones para pelear por una sociedad más justa, equitativa, firmando contra la LUC y cantando despedidas de murga hasta que se baje el telón".

Martí o Martín como le dicen muchos, es un murguista de alma, luchador enamorado de la vida y de la amistad de los tiempos de antes. «Cuando la gente te invitaba a cantar en una murga o te presentaba en la fábrica del barrio para que te dieran trabajo porque te conocían y sabían que eras de buena madera, que no los ibas a dejar pegados, gente con principios».

Cantó con Pepino, Cachela, dirigió y arregló coros inolvidables de murgones que soplaban como el viento, bailó, lloró, se abrazó a la vida siempre, y hoy dice que si la vida le diera de nuevo la oportunidad de volver a vivirla otra vez, la viviría cien veces más. «Yo creo que Alberto Mastra cuando escribió aquella canción estaría pasando un momento difícil, porque la vida vale la pena siempre, por más que todo parezca que se nos cae encima y se nos derrumba el mundo, la vida vale la pena".  

Martí trabajó en la fábrica de llaves Star, fue fundador de la UNTMRA, militó en la CNT y se emociona al recordar que conoció a Rosario Pietraroia, a Gerardo Cuesta y a Pedro Toledo. Habló en asambleas sindicales tensas, duras, al límite de todo, en las horas previas al golpe de Estado. De noche, cuando volvían a las fábricas contaban las personas que retornaban para ver a cuántos y a quiénes habían secuestrado o detenido en el camino. Hasta que un día el que  no volvió fue él. Aún recuerda cada una de las palabras que le decía un uniformado enorme, grande como una montaña, que le hablaba al oído mientras lo conducía detenido y le contaba cómo era la picana que le esperaba. También recuerda como si fuera hoy la alegría de sus hijos cuando lo liberaron y se volvieron a abrazar.    

Durante la dictadura, cantó y cantó y siguió cantando «porque las murgas tienen que cantarle a la gente, hablarle de lo que pasa, pero darle una alegría y una esperanza. Decirles cantando que se puede cambiar el mundo y que podemos construir algo mejor que esto que tenemos".

Martín sufrió un accidente laboral en uno de sus tantos trabajos y quedó ciego de un ojo. Sin embargo, jamás perdió la picardía en su mirada. Se las ingenió para seguir viendo la belleza de la vida, siempre.

"Hay cosas que no me van a quitar nunca. Mi bandera de la unidad en la diversidad la voy a llevar flameando hasta el último suspiro. Cuando no pueda respirar más, sé que a mi costado va a haber un joven que va a levantar esa bandera, la llevará y defenderá".

A sus 81 años, sale por el barrio a cantar cuplés, clarinadas, contracantos, popurrís de actualidad y por supuesto, despedidas inolvidables con las que hizo poner de pie al Teatro de Verano o en la coqueta Sala Hugo Balzo del Sodre, cuando casi sin avisar, un amigo lo hizo subir a cantar.

"Tengo el honor de haber cantado en un festival a orillas del Olimar para tres referentes que estaban en la platea, Líber Seregni, Julio María Sanguinetti y Wilson Ferreira".

Ahora camina feliz por el barrio Peñarol donde lo saludan hasta los árboles y las plantas y las vecinas de su cooperativa y hasta los pájaros que parecen cantar con él.

Martí Molina charla con el barrio. Y dice que en esas charlas mucha gente le dice que así no se puede seguir. «Esta LUC no sirve para nada. Hay que sacarla. Estos artículos son los peores. ¿Sabés por qué? Porque atacan especialmente a la educación. También a las empresas públicas y otras cosas, pero especialmente atacan a la educación. Pero la juventud piensa, razona, estudia, analiza y no quiere esto. Hoy los jóvenes se están dando cuenta que les coartan las posibilidades de estudio porque los poderosos saben bien que un pueblo ignorante es más fácil de dominar que un pueblo instruido e inteligente, que razona y piensa y que puede analizar la realidad».

Martí se llenó de recuerdos y de lágrimas cuando habló de los Asaltantes, Diablos, Patos, la MIlonga, de sus hijos queridos que son su orgullo, de su familia toda y sus amigos de la vida. «Me emocionan muchas cosas, siento un gran orgullo tener los hijos que tengo, tanto Leonardo como Gabriel me salieron buenos militantes, tipos comprometidos con la gente, con el pueblo. Y siento que todo esto que estoy viviendo ahora es un regalo de la vida». 

Antes de partir, se paró, tomó aire y con la voz más dulce y tierna del corazón, cantó y pidió al barrio, que cuando en la noche serena se escuche en algún bodegón un coro de alegres muchachos, no los critiquen, por dios.

«Gracias pueblo querido», dijo, y se marchó feliz, en paz, con su sonrisa eterna, rumbo a su casa y hasta el otro carnaval.

 

 

Modificado por última vez en Viernes, 19 Febrero 2021 19:35
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