Isabel, la joven señora

Lunes, 08 Febrero 2021 20:56
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Isabel es frágil por fuera. Encantadoramente dulce en sus gestos, afable en su mirada. A pocos días de cumplir 90 años, sigue viviendo en la casa familiar en la que nació, la que fue construida hace 113 años. Esa casa guarda detalles y secretos de sus abuelos, padres y hermanos que ya no están. Una bellísima construcción con reminiscencias españolas, de muebles nobles, preciosos, antiquísimos, con una cocina amplia y ventanas enormes por las que entra toda la luz que ella misma atesora en su alma. La casa está rodeada de un patio jardín repleto de plantas que le han ido regalando y algunos macetones que están allí hace casi un siglo. La casa de Isabel tiene techos tan altos como las nubes que mira cuando habla con sus seres queridos que ya están en el cielo. Extraña mucho a su mamá, a su papá, a su hermano que falleció demasiado joven y a su hermana que con 91 años partió hace muy poquito. Su forma de recordarlos es con alegría y contando los mejores años de vida todos juntos. Para Isabel, la familia fue su vida y su felicidad. Y también extraña a Lari, la Dóberman que la acompañó los últimos quince años y que la esperaba siempre junto a la reja, cuando ella salía de la casa.

«Antes que nada te tengo que avisar algo: soy de izquierda. Si eso es un problema para vos, no hacemos nada la entrevista y listo». Luego de esta aclaración imprescindible, ofrece un refresco o un vaso de agua de su amigo «el dueño de la Sirte» que le lleva los bidones a su casa y se ríe con sus cuentos. Los de ella.

Páginas de vida


«Estoy muy disgustada con lo que está haciendo este Presidente».

A Isabel no le gusta nada el actual mandatario. Ni sus gestos, ni sus políticas. Pero sobre todas las cosas, no le cree. Dice que «pone cara de nene» pero que en realidad «es terrible». Y considera que «no le importa nada la gente pobre». Además, dice que «no tiene la delicadeza de reconocer todo lo que estaba bien hecho por otros gobiernos anteriores, dice que estaba todo mal, que todo era un desastre y tendría que tener el valor de reconocer todo lo bueno que había de antes para que ahora él lo pueda utilizar. Si le ha ido bien con la salud no es mérito suyo. ¡Por favor!».

Frágil por fuera, Isabel Dioni Sedeira hurga en sus recuerdos con precisión de orfebre, meticulosa a la hora de mencionar fechas, calles, lazos y nombres, acaso como una tierna y respetuosa forma de conservar a su lado a los suyos. “Mi papá era un encanto. Era albañil finalista y todo lo hacía con mucho cuidado. Mi mamá trabajaba como mucama en una casa de acá del barrio”. A Isabel le hubiera encantado haber podido ir a La Coruña a conocer el lugar donde nació su mamá y a Italia, a Parma, ese lugar del mundo en el que nació su papá. Y también le habría gustado haber sido profesora de historia y de geografía. «La historia me encanta porque soy chusma, me gusta saber lo que hacen los demás y lo que hicieron antes. Y la geografía ni idea, ya ni me acuerdo por qué quería ser profesora de geografía. Pero mi mamá no quería que yo estudiara eso y me mandó a un taller para aprender a coser y después me hizo entrar en la fábrica que había acá y ahí trabajé un montón de años hasta que me echaron por retobarme con el patrón». Ella tenía un cargo de supervisora que siempre detestó. «Yo quería ser obrera como las otras pero me pusieron a controlar a las  operarias. Justo a mí. Y claro, un día me planté firme con los de arriba y me echaron pero de manera cobarde, porque el que tomó la decisión no se animó a decírmelo en la cara». Y se fue a su casa donde la esperaban como siempre, de brazos abiertos. Es que los avatares de la vida hicieron que Isabel ayudara a su familia desde siempre. Y tal vez eso y tal vez el no haberse animado a dar el paso por timidez o por vaya a saber qué extraño motivo, nunca le dijo nada a aquel hombre que la observaba con suma atención y dedicación todas las tardes, cuando ella se iba de las clases de costura. «Me encantaba, era muy apuesto, y creo que yo le gustaba a él porque salía todas las tardes y me miraba cuando yo me subía al ómnibus. Así fue por mucho tiempo. Y nunca nos animamos a dar un paso más. ¿Qué hubiera pasado? No lo sé. No sé si tanto así como que me enamoré, pero a mí me gustaba mucho».

Vivir la vida

Isabel vivió feliz. Vive feliz, canta en dos coros -en uno de ellos lo hace en italiano- cuida sus plantas, charla con Juan, el encantador vecino que la cuida como nadie en este mundo, de a ratos cocina y ve poca televisión. Mira mucho básquetbol, especialmente a su segundo amor, el actual campeón de Liga, Aguada, ya que Colón, su gran amor de siempre, «está por allá abajo y lo pasan poco en la tele». Se hizo hincha de esos cuadros «porque los dos fueron fundados por italianos y llevan los colores de la bandera de Italia». Detesta los informativos porque dice que «se pasaron dando manija contra Tabaré». Pero se informa y no se pierde nada de la actualidad. «Miro TV Ciudad, eso es lo que se puede ver, lo demás, pffff».

Esa mujer frágil por fuera, nació en la Montevideo de tranvías y vintenes, caballeros y señoras, con la selección de fútbol celeste ganándole a todos en la década del 30. Siguió a través de radios y diarios la Segunda Guerra Mundial, compartió y presenció charlas repletas de política de Emilio Frugoni con su papá y mucho más acá en el tiempo, pasó una tarde inolvidable cuando fue invitada por María Auxiliadora a charlar con Tabaré Vázquez en la casa del Prado.    

Isabel no descarta viajar a Europa cuando pase la pandemia pero dice que tendría que elegir bien con quién. «No voy a viajar con el primero que me invite. Ah, no. Con la primer sonrisita que me venga no, la cosa no es así tan fácil conmigo» (risas).

Con su fragilidad –por fuera- y temple de siempre en el alma, Isabel firmó la papeleta para derogar 135 artículos de la LUC, «porque no le podemos dejar ese desastre de ley a los jóvenes que vienen». Ella dice que lo peor de la LUC es lo que implica a la educación «pero es casi todo horrible lo que están haciendo». Isabel firmó contra la LUC «porque no quiero que nos saquen tanto, nos quieren sacar tantas cosa buenas que se hicieron para la gente. Ellos son ricos, y nosotros no somos ricos, somos gente pobre, el país es pobre y ellos defienden a los ricos sacándole a los pobres, en vez de gobernar para los pobres gobiernan para los ricos». 

Entre tanto recuerdo de amor y cariño, también hay espacio para las lágrimas. Es la tristeza y el desconsuelo por los seres queridos que partieron antes que ella. Eso le duele en lo más profundo de la soledad del alma.

Aferrada a la vida y a la fe, dice que cada tanto habla con Dios. Y que incluso, muchas veces, el Espíritu Santo está junto a ella, a su lado.

Modificado por última vez en Lunes, 08 Febrero 2021 21:30
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