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Caetano: "Es antidemocrático criminalizar la protesta social"

Lunes, 06 Abril 2020 19:18
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Caetano: "Es antidemocrático criminalizar la protesta social" Foto: Carlos Lebrato

Tiempo extraño, en el que las incertidumbres se robustecen y las certezas sobreviven anémicas a las urgencias inmediatas. En tiempos en los que casi la mitad de la humanidad está confinada y casi todos somos sospechosos de algo, hoy más que nunca, resulta imperioso analizar el presente para poder intentar pensar el futuro. En este contexto, invitamos a este espacio de ideas y conversatorio, al historiador y politólogo, Gerardo Caetano, quien reflexionó sobre la sociedad actual, la pandemia, el gobierno, la democracia, el movimiento sindical, el discurso del odio, la posverdad y la autoverdad. Caetano cree que al menos mientras dure la pandemia, habrá que "tender puentes" y que se deberán imponer la sensatez, la cautela en los juicios, la exigencia y el rigor en la opinión, "los filtros conceptuales para ordenar ese tropel de sentimientos encontrados que nos inundan". El politólogo aseguró que en una democracia plena "se necesitan sindicatos fuertes", sostuvo que "es antidemocrático criminalizar de manera directa o indirecta la protesta social" y que hoy más que nunca los movimientos sociales deben ser muy cuidadosos en la selección de sus instrumentos de lucha.

¿Qué aspectos te preocupan en mayor medida de esta coyuntura actual por la que atraviesa el país?

En verdad, tengo muchas preocupaciones. Cuesta hablar pues las incertidumbres son tantas y tan radicales a propósito del impacto de la pandemia del Coronavirus que lo prioritario para mí hoy es estudiar y reflexionar mucho sobre lo que en verdad está pasando, sobre lo que sospecho sabemos menos de lo que creemos. Pero arriesguemos algunas reflexiones, que también se impone hacerlo.

Lo primero que quisiera señalar es que hoy es clave no ceder a nuestra típica vocación isleña. Aunque sería estupendo, no somos ni seremos una isla arcádica que no sufrirá el impacto de lo que pasa en el mundo y en la región. Cada país tiene sus razones de excepción y el Uruguay también las tiene. Y algunas de ellas para bien. Pero tenemos que esforzarnos mucho pues sufriremos las consecuencias de la pandemia, como por ejemplo las están sufriendo Argentina y Brasil. El espíritu provinciano resulta letal en estos contextos. Hay que prevenir y no dormirse en los laureles. Y mirar mucho al mundo. Mucho. Estamos viendo una película en la que forzosamente actuaremos, pero que empezó antes y que en su pico todavía no llegó aquí. Debemos prevenir y aprender de los errores trágicos que se cometieron en otros países que entraron en esta película antes. Es como si estuviéramos corriendo una carrera cuya distancia no sabemos: puede ser de 400 o de 4000 metros o puede ser una maratón. Es muy difícil tener una estrategia definida para una carrera así, pero hay que reflexionar en torno a varios planes y estrategias.

Lo segundo es que tanto en términos de salud y vida como en relación a los impactos económicos y sociales se impone ser pragmático y, en la medida de lo posible, al menos mientras dure la pandemia, tener una actitud acuerdista, de tender puentes. Al gobierno de Lacalle Pou, a menos de 15 días de asumir, se le dispararon las agendas y también los libretos. El proyecto previo está cuestionado en su conjunto por lo que está pasando, aunque en el gobierno hay quienes parecen advertirlo mejor que otros. Pero lo mismo pasa en los sectores de la oposición. No se trata de eliminar como por arte de magia las diferencias, las críticas o las protestas. El gobierno tiene que ser gobierno y la oposición tiene que ser oposición. Pero desde ambos lados tiene que primar una apertura diferente. Los tiempos de la competencia terminaron, al menos en lo que respecta a la disputa por el gobierno nacional. Y frente a nosotros hay un desafío inédito y excepcional. Hay que pactar los disensos, hay que echar manos, hay que impulsar en algunos aspectos actitudes y planes de acuerdo.

En tercer lugar, las consecuencias sociales de la pandemia serán –me temo- terribles. Volveremos a tener situaciones que creíamos que nunca íbamos a volver a ver. Crecerá la pobreza y la indigencia, el desempleo, la inflación, bajará el salario real de los trabajadores, etc. Lo primero es mitigar todo lo posible esto. Desde ahora. Y eso significa un cambio de óptica principalmente en el gobierno. En estos contextos, el mercado no es "el mejor asignador de bienes y recursos", como dice el manual neoliberal. El Estado social, sobre el que Uruguay tiene una rica tradición disponible, hoy es una referencia insoslayable. Solo hay que mirar el mundo. Hay medidas, como las del gran ajuste en el déficit fiscal -no las políticas de austeridad que deben empezar desde ahora- que se deberían postergan. Y para establecer un nuevo financiamiento para fondos de contingencia hay que ser realmente equitativos. No solo los sueldos elevados del sector público deben contribuir y está muy bien que lo hagan. En los percentiles más ricos de la población los que prevalecen son los privados que disponen de más renta, más patrimonio y más ingreso que nadie. Ellos también deben ser gravados en sus ganancias. Hay que romper con esa lógica mecánica que justifica cualquier imposición en el Estado y la desestimula casi naturalmente en el sector privado superior. Vuelvo a señalar, se impone el pragmatismo y una apertura de alternativas para superar lo que viene, que no será agradable.

Finalmente, aunque las circunstancias dificultan mucho el pensar a mediano y largo plazo, hay que evitar que el cortoplacismo de una realidad especialmente dinámica y cambiante nos evite la reflexión prospectiva, la que busca diseñar "futuribles", escenarios de futuros posibles y deseables para cuando todo esto comience a bajar. Mi amigo Rafael Radi, el científico más importante del Uruguay, insiste en la idea que lo más difícil no es el ingreso a estas medidas de cuarentena y respuesta directa; lo más difícil será encontrar las mejores estrategias para cómo salir de la mejor forma. No será fácil ni abrupto, habrá un período de altos y bajas para el que hay que prepararse. Y allí hará mucha falta la política, pero también hará mucha falta el aporte de los científicos. La contribución de instituciones como la UdelaR o el Institut Pasteur a esta coyuntura revelan cuánto puede dar la ciencia y la innovación en estos contextos difíciles. Ojalá que este trance difícil termine de convencer a los decisores que para un país pequeño como Uruguay, la inversión y la apuesta en ciencia, tecnología e innovación deber ser una política de Estado, en la que todos acordemos.

Por un lado se conocieron encuestas que indican un mayoritario apoyo al manejo del gobierno de esta situación de emergencia pero en las redes sociales se sigue percibiendo un clima de hostilidad y agresividad discursiva generalizada similar al de la campaña electoral. ¿Es así? ¿Coincidís con esa apreciación? Y en tal caso, ¿es lógico que suceda?

Es totalmente lógico que así suceda. El inicio de cualquier gobierno y más si este coincide con un desafío tan imprevisto y tan impactante, converge en una actitud mayoritaria de respaldo. Es más, si uno ve el mundo, salvo el caso de gobiernos irracionales que actúan de manera absurda (Bolsonaro es el primer ejemplo pero hay otros), en los que hacen las cosas correctas, hay un primer impulso de las sociedades a respaldar, a hacer caso, a buscar que la visión de autoridad se fortalezca. Esto puede tener sus aristas complicadas, pues en una sociedad la deliberación y la competencia, incluso el conflicto entre alternativas diferentes siempre tiene un efecto positivo. Pero esto no puede equivaler a concebir –como parece a veces en Uruguay- que la política es “campaña permanente”, que no hay espacio ni para las treguas, que todo apoyo es poco menos que rendición. Además, estas coyunturas especialísimas tienden a reforzar los “populismos de derecha”, la imagen de esos “liderazgos mesiánicos” que convocan a “arcadias”, especialmente atractivas en momentos de zozobra y de incertidumbre. No existe ese peligro de parte de Lacalle Pou y de la gran mayoría de su gobierno. Pero en la “coalición multicolor” hay algunos que frente a estas circunstancias se sienten llamados a emitir “comunicados a la población”. Todos conocen a quien me refiero. Del lado de la oposición también hay ejemplos de algunos actores que se sienten convocados por la coyuntura a asumir compromisos épicos y salvacionistas, con atajos y convocatorias mágicas. No advierto que la mayoría de la población, tampoco sus líderes políticos y sociales, estén para ese tipo de caminos.

Luego hay que ver la lógica discursiva de las llamadas “redes sociales”. Está muy estudiado el que este nuevo camino de comunicación tiende a profundizar la confrontación antes que el acuerdo, la impugnación incluso destituyente sobre la construcción de mediaciones. La ambición de sumar “likes” no conduce por lo general a los mensajes serenos y sensatos. Más a menudo invita a la agresividad, al sarcasmo, a la “posverdad” y sobre todo al algo sobre lo que ha trabajado muy bien la documentalista brasileña Eliane Brum que es la “autoverdad”. Esta apunta al discurso de la opinión que no depende de contenidos sino de performances: no importa lo que digo sino como lo digo, cualquier puede opinar sobre todos los temas, en todo momento y cuanto más enfáticamente lo haga, más empatía generará. Luego vendrán las sobreinterpretaciones, las aclaraciones, etc. estamos en un contexto en el que el cúmulo inmenso de opiniones, informaciones y rumores puede llevarnos a la indefensión, que en momentos como estos resultan equivalentes a la irreflexividad más absoluta. Hoy más que nunca, con el tiempo largo y al mismo tiempo muy intenso de la cuarentena y el teletrabajo, se impone la sensatez, la cautela en los juicios, la exigencia y el rigor en la opinión, los filtros conceptuales para ordenar ese tropel de sentimientos encontrados que nos inundan. Y quienes gobiernan y quienes tienen poder son quienes tienen que estar más atentos –y exigidos por una ciudadanía responsable- para que esto ocurra.

Al movimiento sindical en las redes sociales y también en comentarios de las noticias en los portales de los medios, se le suele insultar con epítetos duros y hasta groseros. ¿Qué pensás del discurso del odio? ¿Es posible que la disputa ideológica no esté siendo protagonizada por gobierno y oposición sino gobierno y sindicatos?

Hace tiempo que vengo advirtiendo sobre el crecimiento del “discurso del odio” en el Uruguay. Es una grieta que no es como la argentina pero que en los últimos años ha crecido. De un lado y otro hay quienes empujan este tipo de escenarios, pues creen que sacan dividendos de ello. Creo que es un profundo error siempre y en particular en las actuales circunstancias. Ello no necesariamente supone lo imperioso de convocar “acuerdos nacionales” o de “unanimidades”. Nada de eso. Venimos de un tiempo de competencia electoral legítima en la que el pueblo democráticamente laudó. Hay quienes gobiernan y hay quienes integran la oposición. Parece que hay muchos que no han terminado de entenderlo: la contraposición absurda entre “caceroleos” y el “himno nacional” las semanas pasadas es una caricatura que emblematiza perfectamente lo que no hay que hacer. Esa fue una noche triste.

Dicho esto, a pesar del reconocimiento de la existencia incluso creciente de ese discurso de odio, hay que separar la paja del trigo. Conozco a la dirigencia sindical uruguaya y sé que entre ellos prima abrumadoramente la responsabilidad y la vocación de negociación. Claro que hay excepciones pero también las hay entre empresarios y dirigentes políticos. La estigmatización social o ideológica, de género por supuesto y aun racial, existe entre nosotros, lamentablemente. La demonización interesado sobre los funcionarios públicos, sobre el Estado en general, esa suerte de “espíritu de venganza” encubierto lleva a callejones sin salida.

En una democracia plena se necesitan sindicatos fuertes. Es antidemocrático criminalizar de manera directa o indirecta la protesta social, sobre todo en momentos como este en que se encuentra tan constreñida. Pero los sindicatos, para preservar su capacidad de convocatoria, esa suerte de “capitanía” de los movimientos populares que históricamente han tenido y tienen en el Uruguay, deben ser muy cuidadosos en la selección de sus instrumentos de lucha. Es la vieja “doctrina José D’Elía”, que siempre alertaba sobre que cualquier medida de lucha debía lograr los equilibrios necesarios entre los reclamos de los trabajadores, del movimiento sindical en su conjunto, pero también del conjunto de la población. Hoy el éxito de una medida también se juega y más que nunca en el terreno de la opinión pública. Y frente a aquellos que desde las redes sociales y desde otros lugares privilegiados invitan cotidianamente el odio y al desprecio, hay que luchar siempre, siempre. Y no desde contra discursos que también inviten al odio. Hay que aislarlos en su anonimato cobarde o en su supuesto poder de estigmatización.

Por último, los movimientos sociales, no solo el sindical, tienen que ser autónomos de los partidos políticos. Por supuesto que hay urdimbre muy compleja que vincula a sindicatos, cámaras empresariales y partidos políticos. Está muy bien que eso suceda siempre y cuando no se utilice el gobierno y los partidos para encubrir corporativismos “crudos”. La única vacuna para eso radica en la mayor autonomía posible de los movimientos sociales, frente a los partidos y frente al Estado. Son voces sometidas a lógicas y a formas de reivindicación de sus demandas que son diferentes. Para ser claros: las dirigencias feministas o sindicales no tienen que hablar como derivaciones del FA. Tampoco un ministro tiene que sentirse un “representante privilegiado” de las gremiales a las que pertenecía una vez que está con responsabilidades de gobierno. Parece todo muy teórico pero no lo es. Para que transitemos lo que viene con justicia y libertad, los movimientos sociales resultarán indispensables, centrales. Recordemos que la crisis del 2002 los uruguayos todos la sufrimos con sindicatos y gremiales rurales debilitadas. Y eso marcó también la profundidad de lo que se vivió.

Y no olvidemos tampoco lo que a veces es lo más importante: los que están peor en nuestra sociedad, los “más infelices que deberán ser los más privilegiados” según reza el reglamento agrario artiguista, hoy son los informales, los no organizados, los que no pueden amplificar su voz y sus demandas acuciantes porque no pertenecen a ninguna organización que los represente, son los migrantes, son las mujeres, los niños y los viejos de los barrios marginales. Ellos deben ser el centro de cualquier prioridad de solidaridad en estos momentos y en los que se vienen.

¿Cómo inciden el miedo, la frustración, la angustia, la pérdida de trabajo, en este tiempo y en nuestros vínculos como sociedad?

Además de lo que ya he mencionado con anterioridad,  agregaría que creo que vivimos en ese sentido una inflexión que puede tener varios destinos posibles. Cuando miro la multiplicación de las ollas populares vuelvo a advertir con alegría la energía solidaria disponible en nuestro pueblo. Cuando veo el compromiso de los médicos o de los científicos de las más diversas disciplinas jugándose la ropa y aportando siento que nuestra sociedad, como también a escala planetaria, puede tomar esta pandemia como una oportunidad para afrontar con radicalidad desafíos y situaciones que ya estaban hace mucho tiempo en la agenda y frente a las que no se hacía nada. El otro día leía que el primer reclamo y el más radical hoy deber el de la sensatez. Coincido. Temas como los de la desigualdad y la pobreza oprobiosas, la vulneración medioambiental, las violencias múltiples (empezando entre nosotros por la doméstica), las agendas de género, los problemas educativos, la necesidad de pensar nuevas formas de desarrollo efectivo pero distinto, la necesidad de repensar nuestros pactos intergeneracionales,  entre otros, deberían ameritar con mucha fuerza un protagonismo diferente luego de la pandemia. Muchos conceptos que nos ayudaron a vivir hoy ya no existen. Hay ideas viejas que hay que terminar de desechar para hacer lugar a ideas nuevas, como decía Keynes, tan citado y tan desconocido por estos tiempos. Pasada la emergencia y también mientras la combatimos, tenemos que sumar evidencia e ideas radicales sobre cuánto hay que cambiar de manera casi inevitable. Esto no puede ser un simple impasse doloroso para que todo siga como estaba o más o menos. Sería un gran error, tal vez uno de los peores en estas circunstancias.

¿Cómo te imaginás el día después?

Siempre tenemos muchas restricciones para imaginar el futuro. Confieso que nunca había sentido tantas como hoy. Hay muchas ideas que solo puedo seguir rumiando mientras estudio y reflexiono, de las que me animo a decir poco. Hoy para hablar o decir públicamente, sobre todo sobre el futuro, se debe imponer una enorme cautela. ¿Cuántas cosas habrán ya cambiado para siempre en el “día después”? ¿Cuáles serán los nuevos parámetros a nivel global, regional y nacional para pensar las preguntas y sus respuestas? ¿Cuántas soluciones exigirán libretos nuevos para desplegarlas con el mayor éxito? ¿Cuánto de las experiencias del pasado nos servirán para enfrentar las expectativas del futuro, como decía Koselleck? En verdad, no lo sabemos. Y quien diga otra cosa creo que se equivoca. Pero sí podemos reivindicar la persistencia de inspiraciones para responder los grandes retos de ese día después, con seguridad los más acuciantes. En ese sentido, hay que aferrarse a algunos mástiles, creo: la democracia profundizada que combine representación y participación; la prioridad en los más débiles y el rol del Estado social; el pragmatismo para repensar la economía, las políticas económicas y los roles de agencia de los distintos actores, en procura de sustentar nuevos proyectos de desarrollo; la revolución de género que sin duda será la gran revolución de la primera mitad del siglo XXI; la prioridad de recrear nuevas formas de multilateralismo y de regionalismo sin más retórica y desde los hechos; un  futuro ambiental real frente al extractivismo impúdico; la no violencia en todos los planos; y pocas cosas más. Cuando se multiplican prioridades en un contexto tan desafiante, se corre el peligro de diluirlas. Y ya son muchas. Ojalá el “día después” nos encuentre más realistas y a la vez más radicales, desde compromisos que antes que nada creo que serán morales. Sabiendo además que “no hay destino en soledad”.

 

Datos

Gerardo Caetano es Doctor en Historia (Universidad de La Plata), docente e investigador Grado 5 en la Universidad de la República, director académico del Centro para la Formación en Integración Regional, presidente del Consejo Superior de FLACSO, integrante del Consejo Directivo del CLACSO, investigador nivel III en el Sistema Nacional de Investigadores de Uruguay, miembro de las Academias de Letras y de Ciencias del Uruguay, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Nacional de Historia en Argentina. Además, es autor de numerosas publicaciones por las que ha recibido premios y distinciones académicas en el país y en el extranjero.

 

 

Modificado por última vez en Lunes, 06 Abril 2020 20:36
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